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Así fue el conversatorio con Francia Márquez

Actualizado: 20 de nov de 2018


El martes 9 de octubre nos reunimos con Francia Márquez para hablar sobre su proceso de empoderamiento como mujer negra, su trabajo y experiencia como lideresa comunitaria, la defensa del territorio como lucha ambiental y la responsabilidad que tenemos como individuos para contribuir con nuestras acciones a cambios reales. A continuación, una reseña sobre aquella noche.

Caía la tarde y el maravilloso espacio de Andenbuch se transformaba en el cálido salón de una casa que espera ser ocupado. Poco a poco iban llegando mujeres y hombres, pero sobre todo mujeres, que queríamos escuchar y compartir un rato con Francia Márquez. Antes de su llegada, e incluso antes de la hora en la que estaba citado el conversatorio, Andenbuch estaba a reventar. Y es que desde que ganó el Premio Medioambiental Goldman 2018, Francia ha sido reconocida como una de las voces colombianas más importantes a la hora de hablar sobre resistencia frente a la minería y las políticas extractivistas, la protección del medio ambiente a través de la defensa del territorio y sobre el racismo estructural que afecta cotidianamente a las personas afrodescendientes en Colombia.

Francia comenzó su intervención agradeciendo a las ancestras y ancestros por su fuerza y sabiduría. Este sencillo ritual de agradecimiento cobra un significado enorme tras escuchar atentamente sus palabras, pues para ella es muy importante reconocer que su lucha no es solo suya o de su comunidad −y no es una lucha nueva−, sino que hace parte de una lucha ancestral que inició con los procesos de resistencia durante la esclavitud y que desde entonces no ha cesado. Esta lucha, nos dijo, parte de reconocer a las personas afro de América como descendientes no de esclavos y esclavas, como nos han enseñado en la escuela, sino de personas libres que fueron esclavizadas y explotadas.

La primera pregunta que desde Lafi teníamos preparada ­−¿Cómo empezó su trabajo como lideresa social?−, sirvió como pretexto para que las y los asistentes conociéramos a través de sus propias palabras quién es Francia Márquez: su historia, que es también la historia de sus ancestras, y los distintos momentos y experiencias que han guiado el camino de la mujer valiente y luchadora que es. La descubrimos, así, como hija, nieta, bisnieta de mujeres también sabias; como una niña criada en La Toma, Cauca, una comunidad de mujeres fuertes, de mujeres trabajadoras que, además de salir cada día a trabajar la mina y los campos a la par de los hombres, deben hacerse cargo de la crianza, las labores domésticas y de mantener contentos a sus maridos. La descubrimos también como una madre adolescente que, como tantas, se vio obligada a abandonar la escuela a los 16 años para hacerse cargo sola de su hijo.

Para contarnos cómo se fue acercando a los procesos comunitarios, Francia empezó por el principio: por la infancia de una niña inquieta, de una niña curiosa, que siempre quería estar en movimiento. No es raro entonces que, en sus años de colegio, esta curiosidad la haya llevado a explorar el teatro, la danza, el canto. Nos contó que justamente ese interés por las artes la motivó a vincularse desde muy joven al proceso organizativo territorial de su comunidad, sobre todo a través de actividades culturales.

Más o menos a los 15 años, Francia se acercó al Proceso de Comunidades Negras (PCN) en medio de las movilizaciones en contra del desvío del río Cauca para construir la represa La Salvajina. En estas movilizaciones conoció mayores y mayoras que hablaban con mucho orgullo de su negrura, personas que vivían orgullosas de su color de piel, de su cultura, de su identidad. Estas palabras y este sentir vibraron inmediatamente en ella y se transformaron en impulsoras de su proceso de autorreconocimiento y autodeterminación como mujer afrodescendiente, como mujer luchadora. Este, dice, fue el primer paso para vincularse completamente a la lucha por la defensa de su territorio; una lucha que no solo es ambientalista sino también feminista, anticapitalista y, por supuesto, antirracista.

Durante todo el tiempo que Francia nos estuvo hablando sobre su infancia, su adolescencia y su vinculación con los procesos comunitarios, hubo un tema que apareció constantemente: el racismo estructural. Al vincularse activamente a los procesos organizativos, Francia se hizo mucho más consciente de lo instaurado que está el racismo en la sociedad y se dio cuenta de cómo este había atravesado su cotidianidad desde que era una niña y de las heridas que le había causado y las cicatrices que estas heridas le han dejado. Lo vio, y nos lo hizo ver, en el deseo de no ser negra que había habitado en ella desde la infancia, en el reflejo del espejo que no le devolvía la imagen de lo que ella consideraba una mujer bonita y en el anhelo de tantas niñas de su comunidad de irse a la ciudad a emplearse como trabajadoras domésticas y quizás algún día conocer un hombre blanco y tener hijos con él para “mejorar la raza”. Lo ve cada día, y nos invitó a verlo también, como un racismo no solo estructural sino también violento que se expresa en acciones y palabras aparentemente no racistas, como por ejemplo tocar el pelo de las personas negras por considerarlo exótico (habitualmente sin siquiera pedir permiso) o llamarlas mi negro, mi negra, negrita o negrito. Estas acciones “bienintencionadas” se nutren de la exotización de las personas negras, de su tratamiento como menores de edad a través del uso de diminutivos y de formas de relacionamiento propias del esclavismo, en las cuales una persona es dueña de otra y por tanto usa el posesivo “mi” para nombrarla.

Después de hablar de racismo la conversación fue virando hacia un tema distinto, pero no tan distante. Desde Lafi le preguntamos a Francia de qué forma veía a través de su historia personal como lideresa social el machismo estructural de la sociedad. Frente a esta pregunta Francia fue muy clara en decir que, si bien es evidente que nuestra sociedad está totalmente permeada por un machismo estructural, lo más importante es que seamos conscientes de que las mujeres, y también los hombres, somos víctimas del sistema patriarcal, el cual sirve como fundamento perfecto para el capitalismo. Por esto afirmó con contundencia que no es posible ser feminista si no se es también antirracista y anticapitalista. Además, nos insistió en lo importante que es tener claro que, si bien todas las mujeres dentro del sistema patriarcal somos víctimas de violencia y discriminación, no es igual la que sufre una mujer blanca en una ciudad europea, que la que sufre una mujer negra o indígena en el campo o incluso en esa misma ciudad europea. Por eso, nos dijo, el movimiento feminista y las feministas deberíamos empezar por reconocer nuestros propios privilegios y, en coherencia con esto, no tomarnos la voz por quienes no se sienten representadas por nosotras y nuestros privilegios.

Y justamente hablando de los privilegios, la conversación llegó a otro tema muy importante para quienes la escuchábamos: ¿cuál es el papel de Europa frente a procesos organizativos comunitarios y qué podemos hacer desde aquí para apoyarlos? Para Francia lo más importante en este punto es que las y los europeos reconozcan los privilegios que tienen y, sobre todo, cómo estos han sido posibles gracias a la explotación del resto del mundo. Reconocer esto, nos dijo, supone actuar en consecuencia y exigir cambios a los gobiernos, hacer incidencia para que asuman compromisos: exigirles, por ejemplo, que se pronuncien y actúen para que pare la necropolítica. Esa que quita de en medio a quien estorba, a quien interfiere con los intereses económicos de las grandes empresas transnacionales; esa que arrasa y va dejando a su paso muerte y destrucción.

Desde la perspectiva de Francia, después de este primer paso, el camino sería realizar cambios en nuestros patrones de consumo individuales buscando apoyar procesos comunitarios de todo el mundo a través de la puesta en práctica de una economía alternativa y solidaria. Esto resulta para ella mucho más importante que los proyectos de cooperación internacional porque al apostarle a los procesos de solidaridad recíproca se está trabajando también por la generación de cambios en el sistema.

Durante todo el conversatorio Francia nos invitó a alzar la voz frente a las injusticias que vemos a nuestro alrededor. Esto, nos dijo, no solamente es actuar en consecuencia con nuestros pensamientos, sino que es la forma más efectiva de mostrar nuestro apoyo y proteger a las lideresas y líderes sociales en Colombia y en tantos otros lugares del mundo. Ellas y ellos dan la cara, ponen sus energías, sus ideas, su tiempo, sus cuerpos por las causas que defienden. Ellas y ellos asumen el riesgo e incluso están dispuestas a dar la vida. Por eso, entre más sean las voces que se levanten desde todos los rincones del mundo, menor será este riesgo, porque seremos muchas quienes le pongamos la cara a las luchas. Así, las voces de las colombianas y los colombianos en el exterior, dijo, deben ser un parlante para informar a la comunidad internacional sobre todo lo que está pasando en el país.

Antes de que se terminara el conversatorio alguien le preguntó a Francia por la situación política actual de Colombia a lo cual ella respondió que, a pesar de todos los riesgos y retrocesos que trae el nuevo gobierno en temas de paz, ambientales, de tierras y de derechos humanos, a pesar del miedo, hay esperanza. Hay esperanza por todas las voces que se están alzando. Hay esperanza por tantas personas que creen en el cambio. Hay esperanza en que este cambio es posible. Así, con este llamado a la esperanza, terminó la noche. Una noche que nos dejó recargadas con toda la fuerza, la valentía, la sencillez y la sabiduría de Francia Márquez.

Desde Lafi queremos agradecer de todo corazón cada palabra y cada acto que Francia nos compartió, porque, tal como dijo ella, “la palabra convence, pero el ejemplo arrastra” y qué mejor ejemplo de lucha y compromiso que su vida como nos la contó. ¡Dejémonos arrastrar por su ejemplo y comprometámonos también con nuestras acciones!



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